
El 31 de Julio de 1944, a las nueve menos cuarto de la mañana, despegaba para realizar su novena misión: fotografiar la región de Grenoble y Annecy. A la una y media, cuando ya no le quedaba combustible más que para una hora, todavía no había vuelto. A las dos y media sus compañeros empezaron a sospechar que no volverían a verlo.
El avión y el cuerpo de Saint Exupéry, como el del principito en el desierto, no se encontraron sobre la tierra. Quizá se había ido también al asteroide B612 a encontrarse con su principito, en silencio, sin dejar huellas, o a lo sumo un reguero de estrellas. En su habitación sí se encontró algo: la Carta al General X, en la que había escrito poco antes:
"Si muero en la guerra me da igual. Como si padezco una crisis de rabia ante esta clase de torpedos volantes que ya no tienen nada que ver con el vuelo y transforman al piloto, a fuerza de mando y indicadores, en una especie de contable. Pero si regreso vivo de este "job necesario e ingrato", no se planteará para mí más que un problema: ¿Qué sue puede, qué hay que decir a los hombres?"
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