jueves, 8 de enero de 2009

"Quítame la camiseta mientras me miras a los ojos con esa carita tan singular que pones cuando haces algo que no te gusta. Dale una intensa calada a tu siempre encendido cigarrillo y ponlo en el cenicero, como sueles hacer. En el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta que está sobre la mesa tengo una mariposa. Cógela. Ahora, respira hondo, y tal y como dijeron hace tiempo ciertos músicos, ábreme el pecho y registra.


Ayúdate de la navaja para rasgar piel, músculos y tendones. Pronto, te encontrarás con mi caja torácica. Arremete contra ella con el martillo que tienes a tus pies. Tras apartar a un lado los restos de mis costillas rotas y desgarrar algo más de carne, encontrarás a mis amarillentos pulmones, dañados ya por el intercambio de humo, alquitrán y demás mierdas que en ellos todos los días entran. Apártalos. No tienen importancia.


Si me sigues urgando, pronto encontrarás eso a lo que mal llaman "La máquina del amor". ¡Mi propia máquina! Latiendo fuerte y rápidamente como cada vez que pienso en él. Cosa que últimamente hago muy a menudo. En fin. ¿Lo ves? Sí, fíjate bien. Arráncamelo y acércatelo si no lo aprecias. Total, me harías un favor.


¿Lo ves ahora? ¿Ves toda esa sutura? ¿Ves esos surcos de sangre seca y carne que cruzan de un lado a otro de mi corazón?


Me los hizo él. Creo que sin quererlo. ¿A que tú no los tienes? Eso sí son cicatrices."

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